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pavel godman.
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5 de abril de 2024 a las 18:07 #3398
pavel godmanSuperadministradorLa mayoría de los precursores del socialismo no esperaban nada, a favor de su causa, de las conjuraciones e intentos de sublevación, porque muchos de ellos, por propia experiencia, habían visto la esterilidad de tales intentos; otros extraían las conclusiones de los resultados inmediatos de la historia contemporánea. Comprendían que era posible querer, por medio de la violencia, llevar las cosas a su madurez, puesto que se hallaban en la primera fase de su desarrollo natural y que, por el momento, sólo habían encontrado un eco espiritual en una pequeña minoría. Su concepción es tanto más comprensible cuanto que, en su caso, no se trataba de un cambio de gobierno ordinario, sino de la transformación de todas las condiciones sociales de la vida, objetivo imposible de lograr sin contar con la disposición espiritual de amplias masas populares. No era pues ni ingenuidad personal ni inconsistencia en las convicciones lo que dio lugar a semejantes reflexiones, sino tan sólo la total importancia de unos individuos situados en una época que había perdido todas las vinculaciones sociales, conociendo únicamente las órdenes de mando y una sumisión sin resistencia.
Más tampoco los grandes precursores del socialismo pudieron sustraerse a las influencias autoritarias del tiempo, por mucho que sus ideas se hubieran adelantado a la época. Las concepciones liberales, que en otro tiempo habían encontrado expresión en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, habían pasado al segundo plano al nuevo absolutismo de Napoleón, herederos de la Revolución. Los pueblos se habían nuevamente transformado en rebaños, cuyo destino descansaba en manos de nuevos hombres superiores, que le daban forma. El jacobinismo había refrescado la creencia en la omnipotencia del Estado, creencia que, debido a la Revolución, había perdido su brillo durante algún tiempo. Pero Napoleón, por su propia autoridad, se había convertido en «mecánico que inventa la máquina», como Rousseau solía llamar al legislador. Los inmensos éxitos militares y políticos del conquistador corso en todo el continente desencadenaron una verdadera ola de admiración, que sobrevivió a su caída. La creencia milagrosa en los «grandes héroes» de la historia, los cuales moldeaban, a su antojo, el destino de los pueblos, cual panadero que amasa la pasta, celebraba sus mayores triunfos y hacía que se turbara la mirada de los hombres ante todo suceso orgánico. La fe en la omnipotencia de la autoridad se convirtió, de nuevo, en el contenido de la historia y encontró expresión en los escritos de Haller, Hegel, De Maestre, Bonald y otros más. El lema de De Maestre: «Sin Papa, no hay soberanía, no hay unidad; sin unidad, no hay autoridad; sin autoridad no hay orden», se convirtió en el leitmotiv de esa nueva reacción que se iba extendiendo sobre toda Europa.
Sólo al tener en cuenta la época en que el espíritu de autoridad celebraba sus mayores triunfos, cuando no existía ninguna contracorriente política capaz de debilitar el sentimiento de dependencia total, podemos explicarnos el que Saint-Simón, en 1813, escribiera su famosa carta a Napoleón a fin de estimular a éste a llevar a cabo una reorganización de la sociedad Europea; o que Roberto Owen dirigiera un largo escrito a Federico Gentz, escritor tan espiritual como falto de carácter, a sueldo de Santa Alianza, para proponerle que presentara ante el congreso de los príncipes Aquisgrán (1818) sus planes para combatir la miseria social; o bien como Fourier hiciera una sugestión semejante cerca del ministro de justicia de Napoleón, esperando, más tarde, durante diez años, al hombre que había de poner a su disposición un millón de francos, suma con la que pretendía hacer un ensayo práctico, de gran envergadura, para la realización de sus ideas.
En el año de 1809 apareció, en París, una obra en dos tomos titulada «La philosophie du Ruvarebohni», uno de los productos más ingeniosos de la literatura socialista de aquella época. La obra contiene toda una serie de reflexiones brillantes sobre las bases de una sociedad socialista, en el detalle de las cuales no podemos entrar. Lo característico en este libro es que su autor imagina la liberación de la sociedad por el gran jefe Poleano, el cual, con ayuda de las investigaciones científicas de los más grandes sabios del pueblo de los Icanarfs, inicia y dirige el gran renacimiento de la humanidad. Lo mismo que el cónsul romano Cincinato, que después de la guerra volvió a su arado, así el gran Poleano renuncio a voluntariamente a su poder, para vivir igual que sus conciudadanos, gozando con ellos los frutos de la obra que había llevado a cabo tan brillantemente. Poleano no es, desde luego, sino una deformación de Napoleón y el pueblo de Icanarfs es otra designación para el de los franceses (francais).
Sin duda, los autores de ese extraño libro se sintieron estimulados a escribirlo por los múltiples planes de Napoleón, mediante los cuales éste esperaba romper la resistencia de los ingleses y convertir la industria francesa en la primera del mundo. Sus innumerables conferencias con hombres de ciencia, técnicos, industriales y representantes del alto capital, así como con aventuraros de toda laya, impostores y toda clase de charlatanes, cuyo único objetivo era el de llenarse los bolsillos, sólo tenían a la vista esa única meta. En tales circunstancias era comprensible que nuestros dos filósofos abrigaran la esperanza de ganar al emperador para sus proyectos, haciendo del absolutismo el punto de partida del socialismo.Rudolf Rocker
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