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    pavel godman
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      Coronavirus

      Cuestionar el peligro que representa el coronavirus es sin duda absurdo. Pero, por otra parte, ¿no es igual de absurdo que una perturbación en el curso habitual de las enfermedades se haya convertido en objeto de una explotación emocional tan intensa y movilice la misma arrogante incompetencia que hace años echó de Francia la nube de Chernóbil? [1] Ciertamente, conocemos la facilidad con la que el espectro del apocalipsis sale de su caja para apoderarse de la última catástrofe, remendar la imaginería de un diluvio universal y hundir la reja del arado de la culpa en el suelo estéril de Sodoma y Gomorra.

      La maldición divina sirvió para ayudar al poder. Al menos así fue hasta el terremoto de Lisboa de 1755, cuando el marqués de Pombal, amigo de Voltaire, aprovechó el suceso para masacrar a los jesuitas, reconstruir la ciudad según sus concepciones y liquidar alegremente a sus rivales políticos mediante juicios espectáculo «protoestalinistas». Por muy odioso que fuera, no hay que insultar a Pombal comparando su hazaña dictatorial[2] con las paupérrimas medidas que el totalitarismo democrático está aplicando globalmente a la epidemia de coronavirus.

      Es cínico imputar a la propagación de la plaga la deplorable insuficiencia de los medios médicos que se están utilizando[3] Durante décadas se ha comprometido el bienestar público, el sector hospitalario ha pagado los costes de una política que favorece los intereses financieros a costa de la salud de los ciudadanos. Siempre hay más dinero para los bancos y cada vez menos camas y cuidadores para los hospitales. ¿Qué bufonadas pueden seguir ocultando que la gestión catastrófica de la catástrofe es inherente al capitalismo financiero dominante a escala mundial, que hoy se combate globalmente en nombre de la vida, del planeta y de las especies que hay que salvar?

      Sin caer en ningún refrito de castigo divino (la idea de que la naturaleza se deshace de la humanidad como si fuera una plaga indeseable y dañina), no es inútil recordar que desde hace milenios la explotación de la naturaleza humana y terrestre ha impuesto el dogma de la antiphysis,[4] de la antinaturaleza. El libro de Eric Postaire, Les épidémie du XXIe siècle, publicado en 1997,[5] confirma los efectos desastrosos de la desnaturalización persistente, algo que vengo denunciando desde hace décadas. Evocando el drama de las «vacas locas»[6] (previsto por Rudolf Steiner en los años veinte),[7] Postaire recuerda que el progreso científico, además de desarmarnos contra ciertas enfermedades, también puede provocar décadas de ellas. En su alegato a favor de un enfoque responsable de las epidemias y su tratamiento, incrimina lo que Claude Gudin denomina «filosofía de la caja registradora» en el prefacio del libro. Se pregunta: «¿Subordinar la salud de la población a las leyes del beneficio, hasta el punto de transformar animales herbívoros en carnívoros, no entraña el riesgo de provocar catástrofes fatales para la Naturaleza y la Humanidad?». Sabemos bien que los gobernantes ya han respondido con un SÍ unánime. Pero ¿qué importancia tiene esto cuando el NO de los intereses financieros sigue triunfando cínicamente?

      ¿Era realmente necesario el coronavirus para demostrar a los más cerriles de entre nosotros que la desnaturalización al servicio de la rentabilidad tiene consecuencias desastrosas para la sanidad universal, gestionada sin angustia por una Organización Mundial cuyas preciosas estadísticas compensan la desaparición de los hospitales públicos? Hay una correlación evidente entre el coronavirus y el hundimiento del capitalismo mundial. No es menos evidente que lo que la epidemia de coronavirus encubre y sumerge es la peste emocional, el miedo histérico, el pánico que a la vez oculta las deficiencias del tratamiento y perpetúa el mal atemorizando al paciente. Durante las grandes epidemias del pasado, la población hacía penitencia y proclamaba su culpa flagelándose[8] ¿Acaso los gestores de la deshumanización global no tienen interés en persuadir a la población de que no hay escapatoria a la miserable suerte que les ha tocado? ¿Que lo único que les queda es la flagelación de la servidumbre voluntaria? La formidable maquinaria mediática sólo puede refritar la vieja mentira del decreto celestial, impenetrable, inevitable, en el que el dinero loco ha suplantado a los dioses sangrientos y caprichosos del pasado.

      El desencadenamiento de la barbarie policial sobre manifestantes pacíficos ha demostrado sobradamente que la ley militar es lo único que funciona eficazmente. Hoy pone en cuarentena a mujeres, hombres y niños. Fuera: el ataúd. Dentro: la televisión, ¡una ventana abierta a un mundo cerrado! Se trata de una práctica susceptible de agravar la angustia existencial porque apuesta por las emociones desolladas por la angustia y exacerba la ceguera de la cólera impotente.

      Pero incluso la mentira cede ante el colapso general. La cretinización gubernamental y populista ha llegado a su límite. No se puede negar que un experimento en está progresando. La desobediencia civil crece y sueña con sociedades radicalmente nuevas porque son radicalmente humanas. La solidaridad libera de sus pieles de oveja individualistas a los individuos que ya no temen pensar por sí mismos.

      El coronavirus ha revelado la bancarrota del Estado. He ahí un tema de reflexión (al menos) para las víctimas del encierro forzoso. En el momento de la publicación de mis Modestes propositions aux grévistes[9], los amigos me mostraron una vez más la dificultad de seguir mi sugerencia de rechazo colectivo al pago de derechos, impuestos y tasas. Pero entonces la quiebra reconocida del Estado-estafador atestiguó un deterioro económico y social que vuelve absolutamente insolventes a las pequeñas y medianas empresas, al comercio local, a los que tienen rentas modestas, a las explotaciones familiares e incluso a las profesiones llamadas liberales. El colapso del Leviatán ha logrado convencer a la gente más rápidamente que nuestras resoluciones para derribarlo.

      El coronavirus lo ha hecho incluso mejor que eso. El cese de los contaminantes causados por la producción ha disminuido la contaminación global; millones de personas se han librado de una muerte programada; la naturaleza puede respirar; los delfines han vuelto a retozar en Cerdeña; los canales de Venecia, purificados del turismo de masas, vuelven a contener agua clara; la bolsa se desploma. España está decidida a nacionalizar los hospitales privados, como si hubiera redescubierto la seguridad social, como si el Estado [español] hubiera recuperado el Estado del bienestar que destruyó.

      Nada está asegurado, todo comienza[10]. La utopía sigue arrastrándose a cuatro patas. Abandonemos a su inanidad celestial los miles de millones de billetes[11] y las ideas huecas que giran sobre nuestras cabezas. Lo importante es «ocuparnos nosotros mismos de nuestros asuntos» dejando que estalle e implosione la burbuja financiera de los traficantes. ¡Que no nos falte audacia y confianza en nosotros mismos!

      Nuestro presente no es el confinamiento que nos impone la supervivencia; es la apertura a todas las posibilidades. Es debido al pánico que el Estado oligárquico se ve obligado a adoptar medidas que incluso ayer decretaba imposibles. Es a la llamada de la vida y de la tierra a ser restauradas a lo que queremos responder. La cuarentena sirve para reflexionar. El confinamiento no suprime la presencia de la calle; la reinventa. Cum grano salis,[12] permítanme pensar que la insurrección de la vida cotidiana tiene virtudes terapéuticas inesperadas.

      [1] El 26 de abril de 1986, uno de los reactores de Chernóbil (Ucrania) explotó y provocó una nube radiactiva que se extendió por toda Europa. Algunos meteorólogos de la televisión francesa sugirieron que la nube se detendría en la frontera alemana y que «milagrosamente» se libraría de Francia [2].

      [2] El francés aquí, coup d’éclat, podría ser un juego de palabras con coup d’etat (golpe de Estado). Véase, por ejemplo, la crítica de François Hollande a Nicolas Sarkozy hacia 2007: http://www.nouvelobs.com- sarkozy-denonce-par-hollande.html.

      [3] En francés, fléau significa también maldición y peste.

      [4] En las obras de Rabelais, Physis es alegre y desvergonzada y Antiphysis es odiosa y destructiva.

      [5] Aún no traducido al español.

      [6] La encefalopatía espongiforme bovina es una enfermedad neurodegenerativa que afecta al ganado vacuno. Causada por el consumo de harinas de carne y hueso, la «enfermedad de las vacas locas» irrumpió en la conciencia pública en la década de 1990.

      [7] Rudolf Steiner (1861-1925) fue un filósofo y reformador social austriaco. Vaneigem alude a la concepción de Steiner de la agricultura biodinámica.

      [8] Cf. Raoul Vaneigem, «Los Flagelantes», Resistencia al cristianismo (1993): http://www.notbored.org.

      [9] Publicado por Vericales en 2004, aún no traducido al español.

      [10] Un eco de Rien n’est fini, tout commence, una colección de entrevistas con Vaneigem publicada en francés en 2014 y traducida al inglés por NOT BORED! como Self-Portraits and Caricatures of the Situationist International (2015).

      [11] Inglés en el original.

      [12] «Con un grano de sal» (latín en el original).

      Raoul Vaneigem

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