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Hesse1.
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16 de febrero de 2025 a las 14:58 #5083
Hesse1SuperadministradorNuestra razón y nuestros sentimientos no tienen patria; y sólo podemos llamarlos verdaderamente nuestros en la medida en se independizan con nosotros de ella.
Jamás entenderé como algo sano y racional al mismo tiempo que una persona o un grupo ensalce su nacionalidad. Como racional sí lo entenderé en cuanto que comprendo su función como una necesidad de pertenencia; como sano no puedo hacerlo en cuanto que es una necesidad de pertenencia.
La autonomía es propia del individuo; no de los grupos; no de los conceptos ni de los valores.
Los conceptos socioculturales de patria y nación son traducibles a variables arbitrarias geopolíticas y a consensos axiológicos. Su función es complementar la falta de autodeterminación del individuo y su emergencia es totalmente natural: no todos los individuos están en la misma medida predispuestos a desarrollar plena autonomía. Aceptar lo contrario sería de una candidez abrumadora.
El individuo no lo es siendo ciudadano sino sólo tras estas las fronteras que lo atan; llegar «tras estas fronteras» implica romper las cadenas invisibles del consenso colectivo.
El nacionalismo es el eco sentimental de una sumisión aprendida. No es sólo amar nuestras propias cadenas, sino nuestro día en el patíbulo.
El más loable afecto que nuestro pensamiento puede intersubjetivizar es la lealtad del individuo hacia sus propios principios de conducta. Por esto, ninguna nación o institución puede reclamar la lealtad de un individuo sin ejercer violencia simbólica.
La nación es el mito que justifica la existencia del Estado, y el Estado es la negación del individuo.
Una identidad dictada por accidentes geográficos e históricos no existe; si existen, sin embargo, los aspectos psicológicos en los que el individuo se vincula a estos dictados por necesidad. Bajo la aseveración de «es mi lengua materna» —puesto que el lenguaje es el vínculo más intimo e ineludible de un individuo autónomo—, se esconde el miedo a ser indiferente a esta acotación colectiva para señalar el carácter privilegiado de la «tierra paterna». Aceptar el azar y no asumir las narrativas más arraigadas en la propia lengua sobre el lugar de origen y estancia —tu terra patria— resulta inconcebible para muchos.
Los afectos por aquello que nos descubre en nuestro espacio subjetivo y de representación íntima a los individuos nuestra «lengua materna» es sustituída por esta patria. Un afecto exigido por una estructura de poder cuya fuerza es la fuerza del mito.
La soberanía es un estatuto mínimo de la dignidad del individuo, y las fronteras geopolíticas no son agentes de dignidad. El grupo, la familia y la sociedad son constructos completamente dignos por derecho propio sólo si en su constitución todos los individuos son soberanos de sí mismos y no lo son sobre otros. En caso distinto, no son grupo, familia o sociedad, sino relaciones humanas bajo míseras estructuras basadas en el poder de unos sobre otros.
Extender la soberanía individual sobre el grupo es una agresión y el primer establecimiento de las relaciones de poder. El individuo es anterior a cualquier frontera; todo límite impuesto es una agresión a su soberanía. La soberanía de los individuos es contraria a las estructuras de las relaciones de poder.
Toda relación de poder significa la explotación de las necesidades psicológicas y físicas de un individuo, ya que siempre habrá individuos con limitaciones cognitivas o físicas.
Las estructuras de poder son estructuras de sometimiento y sumisión.
La idea moderna de «patria» (los «nacion»alismos socio-políticos) es la abstracción que oculta la realidad concreta del sometimiento.
Quien enaltece la nación revela su propia incapacidad para sostenerse como individuo.
La devoción a una patria no es un sentimiento incondicional, de carácter axiológico y autónomo del individuo racional, sino el resultado de vivir bajo la costumbre de la exigencia de obediencia incondicional por la estructura última de poder: el Estado.
La verdadera revolución no consiste en cambiar de bandera, sino en arrancar todas las banderas de raíz.
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