Aún nos sentimos capaces de ideologías que nos devuelvan a la naturaleza. Casi divinizamos lo natural, lo salvaje, antropomofizándolo. Por ello, somos soberbios y, más aún, despistados. Somos incapaces de reconocernos como todo lo contrario a esa imagen idealizada de la naturaleza: nuestro modo de vida —nuestra forma de adaptarnos al espacio en el tiempo— es ensayístico, es tentativo, entre la valentía y la huida más radical. No hay en la naturaleza así concebida un comportamiento semejante, la naturaleza no se presenta como un sistema que ensaya el más mínimo movimiento. Si los seres humanos pertenecemos a la naturaleza, entonces los seres humanos somos la forma en que la naturaleza se desmiente a si misma.