¿Puede el arte ser un catalizador para el cambio social?
A poco que uno haga un ejercicio de síntesis, esta pregunta nos impele a considerar cómo el arte emerge como una expresión de la belleza, individual o colectiva, que nos golpea en el centro de la mente con el martillo de la autarquía.
Las complejidades inherentes al poder que exhibe el arte sobre la vida no es distinta a las que exhiben nuestras asociaciones humanas. La antítesis de la libertad humana en la imposición de las verdades absolutas en todas las dimensiones de nuestra vida nos interroga sobre qué confiere el atributo de «poder» a una forma libertad no impuesta, sino vivida y experimentada.
La única forma autárquica, con estrechos y gruesos lazos con la colectividad, es la libertad del pensamiento. Una antítesis, una paradoja, cómo no, debe surgir de este estado de cosas: la esencia anárquica del poder. De cualquier forma del poder. Sí, incluso en el poder de los palacios y los parlamentos late, velada, la anarquía como la razón de ser de que, el poder que ostenta ese palacio o ese parlamento, carece de fundamento: la lógica nos dice que mientras haya soberanos no habrá libertad de pensamiento.
La muerte de la autarquía es la muerte de la colectividad. Es la institucionalización del arte, donde sólo tiene sentido una obra entre las paredes de las galerías y museos, custodiados, cooptadas por las estructuras de poder que diluyen su impacto subversivo. Si el individuo aislado no es voluntariamente libre de pensamiento y no puede revolucionarse a sí mismo; si sus necesidades básicas no están satisfechas, permitiendo florecer su capacidad de desvelar y desmantelar formas de entendimiento y percepciones arraigadas en la ociosidad de la tradición, entonces el poder del arte sobre la vida es una plana representación, una estetización banal de la realidad.
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Este debate fue modificado hace 1 año, 11 meses por
Hesse1.
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