La anarquía después del 11 de septiembre

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    pavel godman
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      Cada día está más claro que el cáncer global del capital y la tecnología devora más vida en todas las esferas. Más especies, culturas y ecosistemas están siendo atacados, a todos los niveles. El cáncer de la megamáquina está siempre en marcha, consumiendo a su huésped. Y si alguna vez deja de expandirse, saltan las alarmas económicas en todo el mundo.

      Esta implacable colonización/globalización ha encendido la resistencia en todas partes. En esta dolorosa lucha crepuscular, a medida que la crisis se agrava, parte de esta oposición ha adoptado la forma desesperada del fundamentalismo religioso. De esta desesperación surge el último gesto de violencia suicida, desesperado e indefendible a cualquier nivel.

      El novelista V.S. Naipal nos recuerda que «El mundo está cada vez más fuera del alcance de la gente sencilla que sólo tiene religión. Y cuanto más dependen de la religión, que por supuesto no resuelve nada, más se aleja el mundo de su alcance».

      Pero como descubrió el escritor del New York Times Magazine Joseph Lelyveld (28/10/01) a través de entrevistas con familiares y simpatizantes, los terroristas suicidas son reclutados por una promesa con amplio atractivo entre la juventud descontenta: «mejor una muerte con sentido que una vida sin sentido».

      Heidegger describió nuestro periodo de la historia como uno de «consumado sinsentido». La pérdida de la posibilidad de realización personal no se limita al Tercer Mundo. De hecho, la esterilidad estandarizada del Primer Mundo es igual de devastadora, a su manera. En el vacío posmoderno que es hoy Estados Unidos, decenas de millones de personas de todas las edades toman medicamentos antidepresivos y ansiolíticos. No es inimaginable que, dentro de poco, los psicofármacos se prescriban de forma rutinaria a todo el mundo, empezando en la infancia. Y éste es sólo un ejemplo en una lista de patologías bien conocidas que tienden puentes entre las esferas personal y social. ¿Por qué la gente está dispuesta, incluso deseosa, de aceptar un estado inducido por las drogas como normal en ellos mismos y en sus hijos? Quizá por el miedo, más extendido últimamente. Adorno escribió penetrantemente sobre el miedo a la muerte: «Cuanto menos vive realmente la gente o, quizá más correctamente, cuanto más se da cuenta de que no ha vivido realmente, más abrupta y aterradora se vuelve para ella la muerte, y más aparece como un terrible accidente».

      Para los estadounidenses que se encuentran en el umbral de la vida adulta, el suicidio es la tercera causa de muerte. Por cada dos asesinatos hay tres suicidios. Vida dolorosa vida sin sentido.

      Ignorando estas realidades omnipresentes, el American Spectator (septiembre de 2001) se centró en el aspecto anti tecnológico de los secuestros suicidas del 11 de septiembre. «Luddites Over Broadway» sostiene que sólo la tecnología puede salvarnos, ya que «la naturaleza es brutal, mortal y darwiniana». Oponiendo la «creatividad» a la sensibilidad «ludita» de los atacantes, AS sostiene que la creatividad es nuestra dotación clave. Al afirmar que la creatividad sólo florece bajo el capitalismo, AS revela de qué tipo de «creatividad» están hablando: alimentada por la razón instrumental y basada en la dominación.

      En mi opinión, la visión anti tecnológica, ludita y primitivista de la anarquía no tiene nada que ver con los tipos de Bin Laden, viciosamente misóginos y teocráticos. Lo que no quiere decir que la implacable tecnologización del mundo no deba ser denunciada y revertida. Como escribió recientemente el psicoterapeuta Robert Marchesani: «Cuanta más tecnología tenemos, más parece que estamos agobiando a la gente y deshumanizándola, convirtiéndola quizá ella misma en esas piezas de tecnología para que ya no pueda sentir nada».

      En Turquía, según algunos anarquistas de allí, se ha tendido un puente desde el fundamentalismo religioso al primitivismo, al menos por parte de unos pocos. Han cambiado la utopía escapista (y por tanto siempre reaccionaria) del más allá por el esfuerzo de enfrentarse a la tecnología y al capital en el más acá. Un fenómeno muy esperanzador, aunque hasta ahora insuficientemente discutido.

      Hace unos dos años (Tikkun, enero/febrero de 1999), David Ehrenfeld predijo «El próximo colapso de la era de la tecnología». Su resumen: «La globalización tecnoeconómica se acerca a su apogeo; el sistema se está autodestruyendo. Sólo queda un corto pero muy dañino periodo de expansión».

      Para redimir el colapso y evitar nuevas victimizaciones, debemos encontrar una determinación y una solidaridad renovadas. Es crucial que emprendamos la inevitable deconstrucción de la tecnología con energía y consciencia. Quienes optan por soportar pasivamente el empeoramiento de las condiciones personales, sociales y planetarias, o por estallar en actos suicidas de terror, son fundamentalmente impotentes ante un sistema masivamente destructivo.

      «Nadie podría haber creído que estas enormes torres pudieran derrumbarse así como así», declaró un incrédulo reportero de la CNN el 11 de septiembre. Cayeron, los sistemas sociales e incluso las civilizaciones caen, este orden caerá. La resistencia creativa y la capacidad de recuperación nunca han sido tan necesarias. Nunca ha habido tanto en juego; nunca ha sido quizá más factible la perspectiva de liberación de la marcha de muerte sin futuro de la civilización.

      John Zerzan

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