La autoridad como principio de acción

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    Hesse1
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      Mi rechazo a la autoridad se dirige a las relaciones de poder que, al reificar el concepto, someten a los individuos bajo estructuras coercitivas y concentradas en personas, grupos concretos y dinámicas estructurales. Sostengo, no obstante, la importancia de la autoridad como principio fundamental de la individualidad y sinónimo de autarquía: una instancia de reconocimiento de lo que es, una forma de inteligibilidad que orienta y dota de sentido a la vida colectiva desde la acción del individuo. La autoridad, en su acepción genuina, no se concibe como una imposición arbitraria, sino una constatación de la realidad y de la vinculación esencial entre el orden de las cosas y nuestra voluntad de comprenderlas y actuar en consecuencia.
      En este sentido, la autoridad vinculada a la autarquía preserva la función denotativa de lo que ha de entenderse por «autoridad», mientras que la autoridad en los sistemas de poder —al operar con estructuras más bien connotativas y relacionales— suele distorsionarse y servir de instrumento de dominación.

      Así, los conceptos de verdad, justicia, bien y libertad no son abstracciones desvinculadas de la experiencia, ni meros ideales etéreos desterrados a la teorización y la divagación metafísica. Al contrario, su función inmanente radica en que se hallan en la base de toda construcción de sentido y facilitan la vida pensada.
      Lejos de operar en un plano trascendental o mágico, estos valores emergen de la estructura de lo real y nos impelen a asumir posiciones concretas y críticas. Esta manera de entender la autoridad en los procesos de individuación es una profilaxis contra los gurús de las ideas liberadoras que alimentan esos sentimientos e ilusiones que nos sobran y reemplazan nuestras propias ideas. Identificar nuestros sentimientos con las razones de otros es un impedimento a desarrollar nuestras propias razones, y sintomático de que tanto nuestros sentimientos y nuestras razones para poseer ideas propias están a flor de piel como potenciales presas de estos gurús.

      Así, no hay “trascendencia” entendida como una fuerza externa que sojuzga o que se alza por encima de la realidad; por el contrario, lo que llamamos libertad, justicia o autoridad surge de la urdimbre misma de nuestro existir. Nuestro proyecto de vida lleva intrínsecamente la autoridad de nuestra individualidad. Esto equivale a decir que, antes que una coerción a la voluntad, la autoridad es el reconocimiento de una racionalidad y coherencia del mundo que nos emplaza a un compromiso reflexivo.

      Por eso, la apelación a ideales metafísicos —a ideas de libertad romantizadas o a reificaciones en fuerzas institucionales— que no encarnan en la práctica puede resultar perniciosa: la ilusión de una meta inalcanzable disuelve la acción en fantasías estériles, así como la instrumentalización de las relaciones elimina la autarquía del individuo y su autoridad sobre sus propias acciones. Los sentimientos exaltados y las proyecciones vacías de sustento real no fortalecen el pensamiento crítico ni la transformación del entorno. La primera tarea de quien anhela el cambio es, por tanto, sacrificar quimeras que conducen a la inacción y sólo alimentan una parcela de su imaginación, superando la tentación de asir valores huecos que se desligan de la realidad.

      La anarquía, en este contexto, no constituye ni implica una pugna contra toda autoridad. Esa visión sesgada proviene de un nihilismo y un colectivismo ingenuo que, paradójicamente, resulta coercitivo para la autoridad del individuo, para los procesos de individuación del sujeto y para su autarquía en los contextos sociales. Estos contextos, donde lanzas una palabra plagada de connotaciones en rededor de la cual hay que actuar de forma determinada —poniendo parches con consignas en nuestra ropa— cercena la capacidad de acción de los individuos, porque: ¿cómo le dirás a tu camarada que hay que luchar por la autoridad del individuo cuando tu camarada piensa que hay que luchar contra toda autoridad? Es más: ¿cómo le dirás a tu camarada que hay que luchar contra toda autoridad, si la noción de lucha implica la autoridad de la voluntad de cada individuo con ideales inquebrantables?

      Esto no despoja de significado a la anarquía ni la reduce a un simple ideal inoperante. El objeto de la anarquía es denotativo y extrae su fuerza de la literalidad y la objetividad de aquello que no cabe interpretar ni para lo cual hay que formarse y tomar clases, al igual que a la experiencia le vienen dados eventos novedosos que suscitan la formación de una memoria y un criterio independientemente de las experiencias anteriores. De este modo, apuntamos a su capacidad de inspirar una forma de ver y sentir la realidad que no sucumba a la reificación de la autoridad. La anarquía, entendida así, cobra valor al insertarse en la experiencia concreta, más allá de ilusiones metafísicas, y se vuelve una fuerza crítica que cuestiona las relaciones de poder desde el individuo radicalmente aislado, sin por ello negar la legitimidad de ciertos principios o normas que éste se impone y que orientan la vida en común.

      La anarquía es una idea estética.

      H.

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