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pavel godman.
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17 de noviembre de 2024 a las 18:21 #4276
pavel godmanSuperadministradorNuestra tarea como anarquistas, nuestra principal preocupación y nuestro mayor deseo, es ver realizada la revolución social: terrible conmoción de hombres e instituciones que finalmente logre poner fin a la explotación e instaurar el reino de la justicia. Para nosotros, los anarquistas, la revolución es nuestra guía, nuestro punto de referencia constante, independientemente de lo que estemos haciendo o del problema que nos preocupe. La anarquía que queremos no será posible sin la dolorosa ruptura revolucionaria. Si queremos evitar que esto se convierta en un simple sueño debemos luchar por destruir el Estado y a los explotadores mediante la revolución.
Pero la revolución no es un mito que sirva simplemente como punto de referencia. Precisamente porque es un acontecimiento concreto, debe construirse día a día a través de intentos más modestos que no tienen todas las características liberadoras de la revolución social en el verdadero sentido. Estas tentativas más modestas son las insurrecciones. En ellas, el levantamiento de las masas más explotadas y de la minoría más sensibilizada políticamente, abre el camino a la posible implicación de capas cada vez más amplias de explotados en un flujo de rebelión que podría desembocar en la revolución, pero que también podría acabar en la instauración de un nuevo poder o en la confirmación sangrienta del antiguo. En este último caso, aunque la insurrección comienza como un levantamiento liberador, concluye amargamente con el restablecimiento del dominio estatal y privado. Ese es el camino natural de las cosas. La insurrección es el elemento indispensable de la revolución sin la cual, sin una larga y dolorosa serie de ellas, no habrá revolución y el poder reinará imperturbable en la plenitud de su poder. No debemos desanimarnos. Una vez más, obtusamente, estamos preparando y luchando por la insurrección que vendrá, una pequeña parte del gran mosaico futuro de la revolución.
Ciertamente, el capitalismo contiene profundas contradicciones que lo empujan hacia procesos de ajuste y evolución encaminados a evitar las crisis periódicas que lo aquejan; pero no podemos acunarnos a la espera de estas crisis. Cuando se produzcan serán bienvenidas si responden a las exigencias de acelerar los elementos del proceso insurreccional. Mientras tanto, por nuestra parte, nos preparamos y preparamos a las masas explotadas para la insurrección.
En este sentido, consideramos que siempre es el momento oportuno para la próxima insurrección. Más vale una insurrección fracasada que cien vacilaciones que hacen fracasar cien ocasiones en las que habría podido estallar la revolución final. Por lo tanto, estamos en contra de los que dicen que la reciente derrota del movimiento revolucionario debería hacernos reflexionar y concluir que deberíamos ser más prudentes. Consideramos que ha llegado la hora de la insurrección precisamente porque siempre es hora de luchar, mientras que procrastinar sólo es útil capital.
Prepararse para la insurrección significa preparar las condiciones subjetivas (personales y materiales) que consientan a una minoría anarquista específica crear las circunstancias indispensables para el desarrollo del proceso insurreccional. Aunque la insurrección es un fenómeno de masas, y correría el riesgo de abortar inmediatamente si no lo fuera, su inicio es siempre el resultado de la acción de una minoría decidida, un puñado de valientes capaces de atacar los centros neurálgicos del objetivo parcial a alcanzar.
Debemos ser muy claros en este punto. Las tareas de la lucha anarquista contra el poder pueden ser muy variadas, pero todas -en nuestra opinión- deben dirigirse coherentemente a preparar la insurrección. Algunos camaradas pueden querer dedicarse a la clarificación teórica, a los análisis económicos, a la filosofía o a la investigación histórica, pero todo ello debe ser inmediatamente funcional a la preparación de esa minoría capaz de realizar la insurrección, actuando de tal manera que las masas participen lo más ampliamente posible o que, al menos, no la obstaculicen.
Algunos camaradas pueden considerar que la insurrección es realizable en un futuro próximo (no aplazada hasta el infinito), otros que puede realizarse enseguida: esto puede determinar una división de tareas, en el sentido de que los primeros se inclinarán a interesarse más por los problemas de la cultura revolucionaria, pero su objetivo final debe ser el mismo. De lo contrario se adormecería a las fuerzas rebeldes, que necesitan precisamente claridad para organizar la acción y no palabrería para aplazarla. La tarea de preparación de la minoría es, pues, doble: por una parte, la de sensibilizarse ante los problemas a nivel de la lucha de clases que no son sólo militares y políticos, sino principalmente de carácter social y económico. Después, la preparación concreta, específica y detallada con vistas a la insurrección.
Una vez más, insistimos: la preparación de las amplias masas no puede ser en modo alguno una de las condiciones previas de la revolución. Si esperáramos a que todas las masas estuvieran preparadas para esta grandiosa tarea, nunca haríamos nada. Estamos convencidos de que la preparación de las grandes masas será más que nada una consecuencia de la revolución, y quizás no la más inmediata. Por el contrario, la minoría anarquista revolucionaria debe estar preparada para la tarea histórica que le espera. Eliminemos también el argumento de la «pureza». No sólo participamos en insurrecciones dirigidas por anarquistas, sino también en todas las demás insurrecciones que tengan las características del pueblo en revuelta, incluso si por alguna razón son nuestros futuros enemigos, los estalinistas, quienes las dirigen. En ese caso debemos tratar de conquistarnos un mejor lugar en la lucha misma, durante los acontecimientos, defendiendo en la medida de lo posible nuestro programa de liberación total que contrapondremos a los banalmente económicos de los autoritarios. Será la propia insurrección la que verifique el resto.
La insurrección es una tarea a realizar desde ahora mismo. ¿Pero con qué medios concretos? Hemos visto que la minoría específica debe encargarse del ataque inicial, sorprendiendo al poder y determinando una situación de confusión que pueda poner en dificultades a las fuerzas de represión y hacer reflexionar a las masas explotadas sobre la conveniencia o no de intervenir. Pero, ¿qué entendemos por minoría específica? ¿Quizás el movimiento revolucionario en sentido amplio? Estas preguntas requieren una respuesta clara.
Empecemos por la hipótesis más amplia. Desde el punto de vista que nos interesa, el movimiento revolucionario en su conjunto no puede ser considerado como una minoría específica capaz de realizar juntos la insurrección. Presenta toda una serie de contradicciones, que a su vez reflejan las contradicciones de la sociedad en la que vivimos. Al modelo ideológico corresponden agrupaciones organizativas que acaban anteponiendo los prejuicios teóricos a los intereses inmediatos de la liberación. Además, la fórmula analítica de gran parte del movimiento revolucionario es de carácter autoritario, por lo que prevén la conquista del Estado y no su destrucción inmediata. Prevén su pretendida utilización en un sentido antiburgués y no su desaparición. Esta parte del movimiento revolucionario, por lo tanto, claramente no tiene interés en prepararse para la insurrección de inmediato, ya que se engañan a sí mismos pensando que el tiempo está de su lado, desmoronando la base de apoyo del capitalismo y preparando la situación revolucionaria sin la peligrosa anticámara de la insurrección. Nos encontraríamos así con que este sector del movimiento revolucionario adopta una posición anti-insurreccional, llegando incluso (como hemos visto en muchos casos recientemente) a atacar y denunciar a los compañeros anarquistas que apoyan la tesis contraria. Llegados a este punto, concluimos que no es posible ampliar el concepto de minoría específica. Hipotéticamente, cuando los stalinistas desencadenen su proceso insurreccional, ya sea porque están convencidos de que las condiciones revolucionarias están maduras o porque se sienten atraídos por las solicitaciones de la base que no está interesada en refinamientos ideológicos, entonces nuestra tarea será la de participar en la insurrección con todas nuestras fuerzas, luchar en el campo concreto de la lucha y encontrar allí el espacio necesario para nuestras ideas. En el caso contrario, en el que somos nosotros los iniciadores y proponentes de la insurrección, es muy posible que encontremos a esta parte del movimiento revolucionario en una posición opuesta o, en el mejor de los casos, en posición de espera.
Veamos ahora si el movimiento anarquista en su conjunto puede ser considerado como una minoría específica capaz de realizar eventualmente la insurrección. La conclusión es negativa una vez más. Las contradicciones dentro del movimiento son inmensas y se deben principalmente a los miedos y restricciones que un grupo restringido de pinchbecks ha diseminado cuidadosamente dentro de él. El movimiento se parece hoy a un viejo abrigo cubierto de remiendos, que sólo con muy buena voluntad recuerda sus pasados esplendores. La huida hacia formas hipotéticas de intervención elitista, como el intento de imponer análisis preconstituidos o catecismos listos para su uso, o cuando se pretendía suministrar a todo el movimiento el análisis definitivo para ponerlo en práctica de inmediato, ha resultado un fracaso. La misma huida hacia atrás, hacia el anarcosindicalismo, que no podía sino dejar decepcionados tanto al conjunto de los explotados como a los camaradas revolucionarios. Y luego la política más amplia y constatada del avestruz, de esconderse detrás del miedo a la provocación para no hacer nada, sólo para intervenir a posteriori, siempre con la balanza lista para pesar, juzgar y condenar a los pocos camaradas que hacían algo, aunque fuera circunscrito y limitado. De esta parte del movimiento no queda más que el nombre, el símbolo, algunos viejos camaradas, algunos jóvenes camaradas viejos antes de tiempo, algunos optimistas que nunca pierden la esperanza, momias apergaminadas en su pequeña tienda. El gran número de camaradas activos que forman la parte revolucionaria del movimiento anarquista y que están listos para comenzar la lucha no deben ser desalentados por Cassandras y pájaros de mal agüero. La acción es la medida para distinguir más allá de los símbolos y las declaraciones de principios. Son precisamente los camaradas que están disponibles para la acción los que constituyen la minoría específica. Serán ellos los que preparen y realicen la insurrección en los modos y formas que la experiencia del conjunto de la lucha revolucionaria nos ha transmitido, teniendo en cuenta las recientes modificaciones del Estado y de la patronal. El método no puede dejar de tener en cuenta las formas organizativas mínimas de la base que deberá resolver los diversos problemas que se plantearán durante la preparación insurreccional. En estas formas organizativas la responsabilidad del trabajo a realizar debe recaer obviamente en los compañeros anarquistas revolucionarios y no puede dejarse a la buena voluntad o a la improvisación. En esta fase, las propias reglas de la supervivencia imponen las condiciones indispensables de seguridad y prudencia. La urgencia de la acción pone fin a la cháchara inútil.
Hay más que decir de las acciones llevadas a cabo en estructuras mínimas de intervención por la minoría específica que acabamos de identificar. Estas acciones no pueden considerarse puramente desde el punto de vista de la «propaganda por el hecho». De hecho, su objetivo no es dar ejemplo o influir en un amplio abanico de simpatizantes. Ciertamente, este aspecto empírico también existe, teniendo en cuenta que la alianza máxima que garantizará el éxito de los planes futuros es la de las masas en revuelta, pero este aspecto es fácilmente recuperado por los mecanismos de la información capitalista que lo transforman en mercancía, vendiéndolo al por menor a través de los periódicos, la televisión, el cine, los libros, etc. La verdad es que la propia minoría específica, al realizar la acción, tiene la posibilidad de aclarar algo a los demás si ella misma comprende algo en el momento de la propia acción. Por lo tanto, acción significa educación a través de la acción, y educación de uno mismo y de los demás. Si pensamos que lo sabemos todo y confiamos exclusivamente en nuestro propio conocimiento en el momento de la acción, estamos poniendo en manos del capitalismo un mecanismo repetitivo que se inserta perfectamente en el mecanismo generalizado de la producción capitalista que, por encima de todo, es repetición hasta el infinito. La acción de la minoría específica debe consistir, por tanto, no en una interrupción del aprendizaje a costa de uno mismo de cuál es la realidad de la lucha, sino en una transformación gradual y completa del propio aprendizaje al mostrar a los demás cómo se aprende a comprender la realidad de la lucha. Si la acción de la minoría específica da ejemplo de algo es de cómo se aprende a señalar y golpear al enemigo, y no de cómo se enseña. La acción justa en el momento justo se convierte en la sustancia del ataque individual y específico y en símbolo de todos los posibles ataques futuros, y este despliegue de un momento que aún no ha alcanzado la madurez es el nivel máximo de intervención que la minoría alcanza operando en la realidad de la lucha. La lucha de clases caracteriza el conflicto en acto y es el elemento que permite la acción concreta de la minoría específica. Dentro de ella la acción se transforma continuamente de intento de comprender a intento de enseñar. Anulando el primer momento todo se ahoga en la repetición, anulando el segundo, todo se ahoga en la indecisión.
En el flujo continuo de la lucha de clases se encuentra todo, maestros y alumnos. En ella todo encuentra su justo lugar dentro de las relaciones de fuerza. Quien no ha aprendido de sus propios errores no puede demostrar nada a los demás, y una forma eminente de no aprender es precisamente dejando de aprender, pensando que ha llegado el momento de enseñar y ya está. A través del filtro de la lucha de clases la memoria de la revolución se despliega lentamente, convirtiéndose en algo que puede ser transmitido. En la acción esta memoria se transmite concretamente y se hace perceptible para los demás en el momento en que es reflexión y crítica para la propia persona que lleva a cabo la acción.
Cada estructura mínima individual de intervención que actúa dentro de la minoría específica corre el riesgo de situarse en contraste con el movimiento revolucionario en su conjunto y a veces con toda la masa de los explotados, si no se plantea correctamente el sentido de la propia acción. Tomándonos como una parte aislada frente a tantas referencias, nos convencemos de que todo el movimiento y los explotados, su especie y la especie de la revolución, dependen de nosotros; esperamos quién sabe qué de lo que hacemos; nos quedamos frustrados por la superficialidad de la respuesta y la incomprensión general. La lucha revolucionaria es como un mar tempestuoso contra el que luchar sería una vana locura, es necesario adaptarse a la dirección de las olas, nadar a veces con fuerza y a veces con ligereza, captar el ímpetu de vida que el mar esconde en él para alcanzar la meta deseada. En este difícil arte de nadar se esconde el significado político de la acción de las minorías. Ésta pone el acento en su significación de clase, estallando de pronto como fruto de la memoria revolucionaria y como indicación para la lucha ahora en acto.
Pensamos, por tanto, que si se eligen correctamente la acción de estas estructuras mínimas son imprescindibles para la preparación de todo el proceso insurreccional, que consideramos tarea inmediata e inaplazable de todos los anarquistas. Lejos de existir una contraposición entre ambas cosas -como algunos han intentado señalarnos- consideramos que son complementarias e indisociables. La tarea básica de la estructura mínima de intervención resume todo el trabajo de carácter organizativo y general de la minoría específica en su conjunto. Una vez más, la insurrección será la prueba de fuego, a la vez causa y efecto, del cambio de la relación de fuerza que conduce a la apertura de las puertas de la revolución.
Alfredo Maria Bonanno
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