Descripción
La escuela, la familia, la fábrica, el cuartel y, por delegación, el hospital y la prisión, han sido los pasajes inevitables por los que la sociedad mercantil ha doblegado en su provecho el destino del ser llamado «humano».
El gobierno que esta sociedad ejerce sobre la naturaleza humana, enamorada aún de la libertad de la infancia, coloca en su justo lugar el crecimiento y la felicidad que preceden –y retrasan en diverso grado– al recinto familiar, al taller u oficina, a la institución militar, a la clínica, a las casas de los condenados.
Ningún niño cruza el umbral de la puerta de una escuela sin exponerse al riesgo de perderse. Perder, es decir, la vida exuberante, llena de nuevos conocimientos y maravillas, que estaría entusiasmada por recibir alimento, si no estuviera esterilizada y desesperanzada bajo el aburrido trabajo del conocimiento abstracto. ¡Qué terrible afirmación, ver tan súbitamente empañadas esas brillantes miradas!





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